miércoles

EL GOLPE

El Rebe   »   Historias del Rebe


¿Cómo describir los sentimientos de un padre al que se le acaba de decir que un tumor maligno está destruyendo el cerebro de su hijo de ocho años? El doctor había sugerido varios abordajes para el tratamiento, pero había sido brutalmente honesto acerca de las probabilidades de éxito. Todo lo que Eli y Sharon podían esperar con realismo eran unos pocos y dolorosos meses más de vida para su hijo Menashe.
Y entonces, en la madrugada de una noche insomne, Eli pensó en el Rebe. Tanto él como Sharon habían sido criados en hogares no observantes, pero en años recientes se habían encontrado participando más en el estudio y práctica de la Torá. Todo comenzó en una conferencia a la que habían asistido en el Beit Jabad de su barrio de París, donde habían quedado expuestos a las enseñanzas del Rebe por primera vez. Por primera vez en sus vidas, la fe de sus padres se les había presentado como una vibrante guía hacia una vida de significado y plenitud. Aunque Eli y Sharon difícilmente se describirían  a sí mismos como “religiosos”, y mucho menos como “jasidim”, desarrollaron un profundo respeto por el Rebe y comenzaron a observar varias mitzvot básicas, como el Shabat, el kashrut,  y tefilín.
Eli había oído historias sobre los que habían recibido ayuda gracias a la bendición del Rebe. Entonces se decidieron escribir al Rebe, como su última esperanza en un mar de desesperación. ¡Si el Rebe prometiera una rápida recuperación para Menashe!
Pocos días después, sonó el teléfono en casa de Eli. Era el secretario del Rebe, quién informó que la respuesta del Rebe a su nota era, “Lo mencionaré en la tumba (de su suegro y antecesor)”.
“¿Qué significa eso?”, preguntó Eli.
“Significa que el Rebe orará por ustedes en la tumba de su suegro, el Anterior Rebe, donde ora por todos los que envían sus pedidos de bendición”.
“Pero yo quería que la bendición del Rebe... Yo quería que él nos dijera que Menashe se recuperará...”
“Pero el Rebe les ha dado su bendición. Esta es la respuesta común para tales pedidos. Los jasidim consideran que una promesa del Rebe de orar por ellos es una garantía de que todo irá bien”.
Eli colgó el teléfono algo tranquilizado. Aún así había esperado algo más definitivo, más comprometido. Pero si el secretario del Rebe dice que ya ha recibido la bendición del Rebe...
Mientras tanto, la condición de Menashe continuó en deterioro. Los tratamientos le provocaron mucho dolor y poco alivio. Pronto hubo que hospitalizarlo. Impotentes, los padres observaban cómo la vida se iba de su hijo.
Eli llamó a la oficina del Rebe. “Vea, sé que ya recibimos la bendición del Rebe, pero no parece estar ayudando. Menashe ha ido de mal en peor. Los doctores dicen que cada día es un milagro... ¿Tal vez podemos pedir otra vez? ¿Tal vez el Rebe puede decir algo más definido...?” El secretario accedió a  “enviar” una nota.
La respuesta llegó en menos de una hora, pero era la misma que antes: “Lo mencionaré en la tumba”. Y los doctores no tenían nada bueno para informar.
En la noche siguiente, Eli entró a su oscurecido apartamento para un par de horas de inquieto descanso. Sharon estaba en el hospital. Pronto él la sustituiría, así que necesitaba dormir un poco. Se acostó en el sofá, se sacó los zapatos y miró la desordenada sala. Revistas médicas sobre la mesa, ropas tiradas por todos lados, comidas a medio terminar. Entonces sus ojos se detuvieron en el retrato del Rebe que colgaba sobre la estufa. El Rebe estaba sonriendo.
Lo invadió una oleada de ira. Menashe está muriendo en el hospital, ¡y usted sonríe! Sin pensarlo, Eli levantó uno de los zapatos que estaban en el suelo. Hubo un golpe, una lluvia de vidrios rotos, el retrato cayó al suelo.
Dos años después, en una mañana de domingo en Brooklyn, un padre y su hijo, hacían cola junto con miles de otras personas que esperaban para ver al Rebe. Mientras la larga cola pasaba lentamente ante el Rebe, éste daba a cada uno un billete de un dólar para darlo a obras de caridad en su nombre, pronunciaba unas breves palabras de bendición y se volvía hacia el siguiente en la cola. De esa manera, el Rebe dedicó unos segundos a cada uno de los miles que habían llegado de todo el mundo para verlo.
El Rebe dio al padre un dólar, y luego se volvió al hijo. “Así que éste es Menashe”, dijo con una sonrisa. “¿Cómo estás?” Eli estuvo varios segundos sin poder responder. ¿Cómo es que el Rebe los conoce? Esta era la primera vez que venían a Nueva York, y excepto por las breves cartas de aquel entonces...”
“Está bien, gracias a D-os”, logró decir Eli finalmente. “Una recuperación completa. Los doctores dicen que fue un milagro. Gracias a la bendición del Rebe”.
“Gracias a D-os, gracias a D-os”, dijo el Rebe, y luego agregó, en voz baja: “Aún siento el golpe...”

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¿Cómo describir los sentimientos de un padre al que se le acaba de decir que un tumor maligno está destruyendo el cerebro de su hijo de ocho años? El doctor había sugerido varios abordajes para el tratamiento, pero había sido brutalmente honesto acerca de las probabilidades de éxito. Todo lo que Eli y Sharon podían esperar con realismo eran unos pocos y dolorosos meses más de vida para su hijo Menashe.
Y entonces, en la madrugada de una noche insomne, Eli pensó en el Rebe. Tanto él como Sharon habían sido criados en hogares no observantes, pero en años recientes se habían encontrado participando más en el estudio y práctica de la Torá. Todo comenzó en una conferencia a la que habían asistido en el Beit Jabad de su barrio de París, donde habían quedado expuestos a las enseñanzas del Rebe por primera vez. Por primera vez en sus vidas, la fe de sus padres se les había presentado como una vibrante guía hacia una vida de significado y plenitud. Aunque Eli y Sharon difícilmente se describirían  a sí mismos como “religiosos”, y mucho menos como “jasidim”, desarrollaron un profundo respeto por el Rebe y comenzaron a observar varias mitzvot básicas, como el Shabat, el kashrut,  y tefilín.
Eli había oído historias sobre los que habían recibido ayuda gracias a la bendición del Rebe. Entonces se decidieron escribir al Rebe, como su última esperanza en un mar de desesperación. ¡Si el Rebe prometiera una rápida recuperación para Menashe!
Pocos días después, sonó el teléfono en casa de Eli. Era el secretario del Rebe, quién informó que la respuesta del Rebe a su nota era, “Lo mencionaré en la tumba (de su suegro y antecesor)”.
“¿Qué significa eso?”, preguntó Eli.
“Significa que el Rebe orará por ustedes en la tumba de su suegro, el Anterior Rebe, donde ora por todos los que envían sus pedidos de bendición”.
“Pero yo quería que la bendición del Rebe... Yo quería que él nos dijera que Menashe se recuperará...”
“Pero el Rebe les ha dado su bendición. Esta es la respuesta común para tales pedidos. Los jasidim consideran que una promesa del Rebe de orar por ellos es una garantía de que todo irá bien”.
Eli colgó el teléfono algo tranquilizado. Aún así había esperado algo más definitivo, más comprometido. Pero si el secretario del Rebe dice que ya ha recibido la bendición del Rebe...
Mientras tanto, la condición de Menashe continuó en deterioro. Los tratamientos le provocaron mucho dolor y poco alivio. Pronto hubo que hospitalizarlo. Impotentes, los padres observaban cómo la vida se iba de su hijo.
Eli llamó a la oficina del Rebe. “Vea, sé que ya recibimos la bendición del Rebe, pero no parece estar ayudando. Menashe ha ido de mal en peor. Los doctores dicen que cada día es un milagro... ¿Tal vez podemos pedir otra vez? ¿Tal vez el Rebe puede decir algo más definido...?” El secretario accedió a  “enviar” una nota.
La respuesta llegó en menos de una hora, pero era la misma que antes: “Lo mencionaré en la tumba”. Y los doctores no tenían nada bueno para informar.
En la noche siguiente, Eli entró a su oscurecido apartamento para un par de horas de inquieto descanso. Sharon estaba en el hospital. Pronto él la sustituiría, así que necesitaba dormir un poco. Se acostó en el sofá, se sacó los zapatos y miró la desordenada sala. Revistas médicas sobre la mesa, ropas tiradas por todos lados, comidas a medio terminar. Entonces sus ojos se detuvieron en el retrato del Rebe que colgaba sobre la estufa. El Rebe estaba sonriendo.
Lo invadió una oleada de ira. Menashe está muriendo en el hospital, ¡y usted sonríe! Sin pensarlo, Eli levantó uno de los zapatos que estaban en el suelo. Hubo un golpe, una lluvia de vidrios rotos, el retrato cayó al suelo.
Dos años después, en una mañana de domingo en Brooklyn, un padre y su hijo, hacían cola junto con miles de otras personas que esperaban para ver al Rebe. Mientras la larga cola pasaba lentamente ante el Rebe, éste daba a cada uno un billete de un dólar para darlo a obras de caridad en su nombre, pronunciaba unas breves palabras de bendición y se volvía hacia el siguiente en la cola. De esa manera, el Rebe dedicó unos segundos a cada uno de los miles que habían llegado de todo el mundo para verlo.
El Rebe dio al padre un dólar, y luego se volvió al hijo. “Así que éste es Menashe”, dijo con una sonrisa. “¿Cómo estás?” Eli estuvo varios segundos sin poder responder. ¿Cómo es que el Rebe los conoce? Esta era la primera vez que venían a Nueva York, y excepto por las breves cartas de aquel entonces...”
“Está bien, gracias a D-os”, logró decir Eli finalmente. “Una recuperación completa. Los doctores dicen que fue un milagro. Gracias a la bendición del Rebe”.
“Gracias a D-os, gracias a D-os”, dijo el Rebe, y luego agregó, en voz baja: “Aún siento el golpe...”

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