martes

EL PODER DEL RENACIMIENTO




Los judíos como pueblo recibieron su primer mandamiento en la porción de la Torá de hoy (los pocos mandamientos precedentes fueron dados a individuos —a Abraham, por ejemplo, se le dio la mitzvá de la circuncisión). El cálculo del calendario de acuerdo a los ciclos lunares introduce a Israel en el judaísmo formal. El calendario lunar debe obviamente tener una cualidad especial más allá de su función específica, una característica que lo impregna todo, para merecer ser el comienzo del servicio a Di-s por parte de la judería.
La luna tiene fases de crecimiento, declinación, desaparición y renacimiento. El sol es relativamente constante, no apreciablemente diferente de día en día. El calendario lunar, mas que el solar, gobierna la vida religiosa del judío porque simboliza más esa vida. El falible y fácilmente sujeto a tentaciones hombre, no se espera de él que sea un ángel inmaculado insensible a las distracciones mundanas. Ni tampoco el hombre es simplemente una forma más elevada de vida animal, no radicalmente diferente de las bestias, por lo tanto no sujeta a restricciones, libre para gratificar sus pasiones.
Buscando su lugar en el mundo, el hombre puede vacilar entre la inspiración que eleva y la indiferencia que engaña al hombre. Está en una especie de columpio espiritual, santo y pecaminoso en una confusa secuencia. Si disfrutamos momentos ocasionales de verdadera inspiración religiosa, nuestro fracaso en mantener esos sentimientos puede llevar a la desilusión. . Nos mofamos de nosotros mismos (y de otros) con la despectiva acusación de hipocresía si pecamos. Algunos pueden sentir, con buena causa, que la chispa en lo más recóndito del corazón de todo judío está extinguida para ellos.
El calendario lunar tiene una lección para nosotros. La luna declina hasta desaparecer. Pero la declinación es tan parte de la vida como el nacimiento. La declinación no es extinción. Como la luna, el judío tiene el poder de renacer. La chispa nunca se extingue.
Entonces hay un proceso de cambio y de crecimiento en la gente viva también implícito en el ciclo lunar. Del judío se espera que agregue a su tesoro espiritual, que progrese en el estudio (una virtud judía olvidada) y piedad, en bondad y caridad desinteresada, en desarrollar mejores rasgos de carácter. El judío constantemente está tratando de perfeccionar sus actos y a él mismo. El sol, con su brillo original y sin cambios no puede enseñar al hombre lo que la siempre cambiante, en desarrollo, crecimiento y revitalizada luna puede.

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Los judíos como pueblo recibieron su primer mandamiento en la porción de la Torá de hoy (los pocos mandamientos precedentes fueron dados a individuos —a Abraham, por ejemplo, se le dio la mitzvá de la circuncisión). El cálculo del calendario de acuerdo a los ciclos lunares introduce a Israel en el judaísmo formal. El calendario lunar debe obviamente tener una cualidad especial más allá de su función específica, una característica que lo impregna todo, para merecer ser el comienzo del servicio a Di-s por parte de la judería.
La luna tiene fases de crecimiento, declinación, desaparición y renacimiento. El sol es relativamente constante, no apreciablemente diferente de día en día. El calendario lunar, mas que el solar, gobierna la vida religiosa del judío porque simboliza más esa vida. El falible y fácilmente sujeto a tentaciones hombre, no se espera de él que sea un ángel inmaculado insensible a las distracciones mundanas. Ni tampoco el hombre es simplemente una forma más elevada de vida animal, no radicalmente diferente de las bestias, por lo tanto no sujeta a restricciones, libre para gratificar sus pasiones.
Buscando su lugar en el mundo, el hombre puede vacilar entre la inspiración que eleva y la indiferencia que engaña al hombre. Está en una especie de columpio espiritual, santo y pecaminoso en una confusa secuencia. Si disfrutamos momentos ocasionales de verdadera inspiración religiosa, nuestro fracaso en mantener esos sentimientos puede llevar a la desilusión. . Nos mofamos de nosotros mismos (y de otros) con la despectiva acusación de hipocresía si pecamos. Algunos pueden sentir, con buena causa, que la chispa en lo más recóndito del corazón de todo judío está extinguida para ellos.
El calendario lunar tiene una lección para nosotros. La luna declina hasta desaparecer. Pero la declinación es tan parte de la vida como el nacimiento. La declinación no es extinción. Como la luna, el judío tiene el poder de renacer. La chispa nunca se extingue.
Entonces hay un proceso de cambio y de crecimiento en la gente viva también implícito en el ciclo lunar. Del judío se espera que agregue a su tesoro espiritual, que progrese en el estudio (una virtud judía olvidada) y piedad, en bondad y caridad desinteresada, en desarrollar mejores rasgos de carácter. El judío constantemente está tratando de perfeccionar sus actos y a él mismo. El sol, con su brillo original y sin cambios no puede enseñar al hombre lo que la siempre cambiante, en desarrollo, crecimiento y revitalizada luna puede.

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